#16 El deseo de la inmortalidad
Mct 16
El puto Test
Pláto: El banquete
El deseo de la inmortalidad
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Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 5, Madrid 1871
—¿Pues cuál es el objeto del amor?
—Es la generación y la producción de la belleza. —Sea asi, respondí yo.
—No hay que dudar de ello, replicó.
—Pero, ¿por qué el objeto del amor es la gene-
ración?
—Porque es la generación la que perpetúa la familia
de los seres animados, y le da la inmortalidad, que consiente la naturaleza mortal. Pues conforme á lo que ya hemos convenido, es necesario unir al deseo de lo bueno el deseo de la inmortalidad, puesto que el amor consiste en aspirar á que lo bueno nos pertenezca siem- pre. De aquí se sigue que la inmortalidad es igualmente el objeto del amor.
—Tales fueron las lecciones que me dio Diotima en nuestras conversaciones sobre el Amor. Me dijo un dia: ¿cuál es, en tu opinión, Sócrates, la causa de este deseo y de este amor? ¿No has observado en qué estado excepcio- nal se encuentran todos los animales volátiles y terrestres cuando sienten el deseo de engendrar ? ¿ No les ves como enfermizos, efecto de la agitación amorosa que les persi- gue durante el emparejamiento, y después, cuando se trata del sosten de la prole, no ves cómo los más débiles se preparan para combatir á los más fuertes, hasta perder la vida, y cómo se imponen el hambre y toda clase de privaciones para hacerla vivir? Respecto á los hombres, puede creerse que es por razón el obrar así; pero los ani- males, ¿de dónde les vienen estas disposiciones amorosas? ¿Podrías decirlo?
—La respondí que lo ignoraba.
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—¿Y esperas, replicó ella, hacerte nunca sabio en amor
si ignoras una cosa como ésta?
—Pero repito, Diotima, que esta es la causa de venir
yo en tu busca; porque sé que tengo necesidad de tus lecciones. Explícame eso mismo sobre que me pides expli- cación, y todo lo demás que se refiere al amor.
—Pues bien, dijo, si crees que el objeto natural del amor es aquel en que hemos convenido muchas veces, mi pregunta nO debe turbarte; porque, ahora como antes, es la naturaleza mortal la que aspira á perpetuarse y á ha- cerse inmortal, en cuanto es posible; y su único medio es el nacimiento que sustituye un individuo viejo con un individuo joven. En efecto, bien que se diga de un indi- viduo, desde su nacimiento hasta su muerte, que vive y que es siempre el mismo, sin embargo, en realidad no está nunca ni en el mismo estado ni en el mismo desen- volvimiento , sino que todo muere y renace sin cesar en él, sus cabellos, su carne, sus huesos, su sangre, en una palabra, todo su cuerpo; y no sólo su cuerpo, sino tam- bién su alma, sus hábitos, sus costumbres, sus opinio- nes, sus deseos, sus placeres, sus penas, sus temores; todas sus afecciones no subsisten siempre las mismas, sino que nacen y mueren continuamente. Pero lo más sorpren- dente es que no solamente nuestros conocimientos nacen y mueren en nosotros de la misma manera (porque eii este concepto también mudamos sin cesar), sino que cada uno de ellos en particular pasa por las mismas vicisitu- des. En efecto, lo que se llama reflexionar se refiere aun conocimiento que se borra, porque el olvido es la extin- ción de un conocimiento; porque la reflexión, formando un nuevo recuerdo en lugar del que se marcha, conserva en nosotros este conocimiento, si bien creemos que es el mismo. Así se conservan todos los seres mortales; no sub- sisten absolutamente y siempre los mismos, como sucede á lo que es divino, sino que el que marcha y el que enve-
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jece deja en su lugar un individuo joven, ^semejante á lo que él mismo ha.bia sido. Hé aquí, Sócrates, cómo todo lo que es moi'tal participa de la inmortalidad, y lo mismo el cuerpo que todo lo demás. En cuanto al ser inmortal su-
cede lo mismo por una razón diferente. No te sorprendas si todos los seres animados estiman tanto sus renuevos, porque la solicitud y el amor que les anima no tiene otro origen que esta sed de inmortalidad.
—Después que me habló de esta manera, la dije lleno de admiración: muy bien, muy sabia Diotima, pero ¿pa- san las cosas así realmente?
—Ella, con un tono de consumado sofista, me dijo : no lo dudes, Sócrates, y si quieres reflexionar ahora sobre la ambición de los hombres, te parecerá su conducta poco conforme con estos principios, si no te fijas en que los hombres están poseídos del deseo de crearse un nombre y de adquirir una gloria inmortal en la posteridad; y que este deseo, más que el amor paterno, es el que les hace despreciar todos los peligros, comprometer su fortuna, resistir todas las fatigas y sacrificar su misma vida. ¿Piensas, en efecto, que Alceste hubiera sufrido la muerte en lugar de Admete, que Aquiles la hubiera buscado por vengar á Patroclo, y que vuestro Codro se hubiera sacrificado por asegurar el reinado de sus hijos, si todos ellos no hubiesen esperado dejar tras sí este inmortal re- cuerdo de su virtud, que vive aún entre nosotros? De nin- guna manera, prosiguió Diotima. Pero por esta inmorta- lidad de la virtud, por esta noble gloria, no hay nadie que no se lance, yo creo, á conseguirla, con tanto más ardor cuanto más virtuoso sea el que la prosiga, porque todos tienen amor á lo que es inmortal. Los que-son fecundos con relación al cuerpo aman las mujeres, y se inclinan con preferencia á ellas, creyendo asegurar, mediante la pro-
creación de los hijos, la inmortalidad, la perpetuidad de su nombre y la felicidad que se imaginan en el curso de
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los tiempos. Pero los que son fecundos con relación al es- píritu… Aquí Diotima, interrumpiéndose, añadió: porque los hay que son más fecundos de espíritu que de cuerpo para las cosas que al espíritu toca producir. ¿Y qué es lo que toca al espíritu producir? La sabiduría y las demás virtudes que han nacido de los poetas y de todos los ar- tistas dotados del genio de invención. Pero la sabiduría más alta y más bella es la que preside al gobierno de los Estados y de las familias humanas, y que se llama pru- dencia y justicia. Cuando un mortal divino lleva en su alma desde la infancia el germen de estas virtudes, y llegado á la madurez de la edad desea producir y engen- drar, va de un -lado para otro buscando la belleza, en la que podrá engendrar, porque nunca podría conseguirlo en la fealdad. En su ardor, de producir, se une á los cuer- pos bellos con preferencia á los feos, y si en un cuerpo bello encuentra un alma bella, generosa y bien nacida, esta reunión le complace soberanamente. Cerca de un ser semejante pronuncia numerosos y elocuentes discursos sobre la virtud, sobre los deberes y las ocupaciones del hombre de bien, y se consagra á instruirle, porque el con- tacto y el comercio de la belleza le hacen engendrar y producir aquello, cuyo germen se encuentra/ya en él. Ausente ó presente piensa siempre en el objeto que ama, y ambos alimentan en común á los frutos de su unión. De e.sta manera el lazo y la afección que ligan el uno al atro son mucho más íntimos y mucho más fuertes que los de la familia, porque estos hijos de su inteligencia son más be- llos y más inmortales, y no hay nadie que no prefiera tales hijos á cualquiera otra posteridad, si considera y admira las producciones que Homero, Hesiodo y los demás poetas han dejado ; si tiene en cuenta la nombradía y la memo- ria imperecedera, que estos inmortales hijos han propor- cionado á sus padres; ó bien si recuerda los hijos que Li- curgo ha dejado tras sí en Lacedemonia y que han sido la
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gloria de esta ciudad, y me atrevo á decir que de la Gre- cia entera. Solón, lo mismo, es honrado por vosotros como padre de las leyes, y otros muchos hombres grandes lo son también en diversos países, ya en Grecia, ya entre los bárbaros, porque han producido una infinidad de obras admirables y creado toda clase de virtudes. Estos hi- jos les han valido templos, mientras que los hijos de los hombres, que salen del seno de una mujer, jamás han
hecho engrandecer á nadie.
Quizá, Sócrates, he llegado á iniciarte hasta en los mis- terios del amor; pero en cuanto al último grado de la ini- ciación y á las revelaciones más secretas, para las que todo lo que acabo de decir no es más que una preparación, no sé si, ni aún bien dirigido, podría tu espíritu elevarse hasta ellas. Yo, sin embargo, continuaré sin que se enti- bie mi celo. Trata de seguirme lo mejor que puedas.
El que quiere aspirar á este objeto por el verdadero ca- mino , debe desde su juventud comenzar á buscar los cuer- pos bellos. Debe además, si está bien dirigido, amar uno sólo, y en él engendrar y producir bellos discursos. En seguida debe llegar á comprender que la belleza, que se
,encuentra en un cuerpo cualquiera, es hermana de la be- lleza que se encuentra en todos los demás. En efecto, si es preciso buscar la belleza en general, seria una gran lo- cura no creer que la belleza, que reside en todos los cuer- pos, es una é idéntica. Una vez penetrado de este pensa- miento , nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequenez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno sólo.
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